La primavera en India florece durante todo el año.
Por Alberto Piernas

© Meena Kadri
Querido Tú:
A través de la ventana, el telón de fondo de los Himalayas tiene algo de liberador, de deshielo. Lo sabe el Valle de las Flores, en Uttarakhand, donde la primavera se proclama a partir de un eterno tapiz floral que me transporta a algún lugar apacible en la memoria. Porque India, aunque no lo parezca, podría contarse a través de sus flores.

© Araghu
Por ejemplo, a través de los mercados donde cuelgan las flores naranjas de marigold, las mismas que despiertan en el río Ganges de Varanasi, cuyos pétalos son arrastrados por la brisa del monzón hasta terminar en el interior de un tren.
O podría hablarte de la flor Neelakurinji o «Flor Azul», la cual florece cada 12 años en las colinas de Munnar en los Ghats Occidentales. O conducir 3 horas desde Pune para perderse entre los púrpuras de la flor Topli Karvi, que muere a los 15 días de nacer dejando una estela gloriosa entre nuevos prados. O seguir las barcas de Srinagar cargadas de nubes florales.
El loto que inspiró a Tagore, esa flor que crece en la oscuridad para evocar una mística intimidad. Los lotos y nenúfares que cada agosto insuflan una primavera inesperada en Malarikkal, un pueblecito de Kerala donde las barcas se pierden entre nuevos mares rosados mientras alguien, entre los árboles, entrega una ofrenda a los dioses. O el hibisco asociado a la diosa Kali, el jazmín que actúa como flor sagrada en tantos rituales y la rosa india que alguien empleará para un preparado de ayurveda.
Las flores comienzan una tímida invasión, puedo sentirlo, algo crece ahí fuera pero también en el corazón. Me gustaría invitarte a venir, a hablarte de esos colores. Decirte que, como ese Valle de las Flores que nace a pocos kilómetros, aquí dentro también ha tenido lugar el deshielo. El nacimiento de una primavera eterna.